“Que todo el mundo lo entienda”, Ekaterina Shelehova en El Cantoral
Cuidando su español y con mucha simpatía, nos platicó que la presentación, además de ser un deleite sonoro, será una experiencia visual única.
Cuidando su español y con mucha simpatía, nos platicó que la presentación, además de ser un deleite sonoro, será una experiencia visual única.
Las canciones, cuenta ella al inicio del concierto, no son mías pero sí forman parte de mi historia, de mi familia por lo que me las he apropiado. Cada una de ellas le recuerdan a alguien especial, le sacan lágrimas al escucharlas y a nosotros también cuando las canta. El objetivo al traducirlas a su lengua materna es sanar heridas, pero también construir puentes que unan a su cultura con otras con empatía y familiaridad.
De ahí, la presentación de lo que escucharíamos. Un trabajo de improvisación que sobre la marcha se va construyendo.
Craso error.
Las luces se apagan, en el escenario del Jean-Duceppe, aquí en Montreal solo, al centro hay lo suficiente para un dúo. Es lo que hemos venido a ver.
Al inicio del concierto dijo: “me gusta imaginar que somos como árboles en un bosque conectados entre nosotros y que la música es nuestro fertilizante. Vibremos y crezcamos juntos”.
Laufey sabe tocar el corazón de los jóvenes a ritmo de jazz, bossa ligerito, de música emotiva, sensible y romántica…y quién puede quejarse de eso…yo no.
Cada decisión crea un nuevo camino, una nueva historia que se despliega ante nosotros. En este viaje musical, somos navegantes y testigos de un arte que trasciende el tiempo y el espacio, un arte que, al igual que la vida, está lleno de caminos no tomados y posibilidades sin explorar.
Así que esta música no se va a ningún lado, está perfectamente custodiada y tiene nuevas generaciones felices de aprender y llevarla a sonar a todo el mundo.
La historia es conmovedora, un mosquito provinciano que sueña tocar en una banda de jazz de la gran ciudad, y que en el camino de buscar su sueño se enamora de una mosquita urbana. La manufactura es artesanalmente perfecta y la sonorización llena de matices.
Casi dos horas llenas de energía, donde Clarke pasa del bajo acustico al eléctrico, requintea, toma el arco y usa el sonido del cello para viajar con el violín y luego lo manotea, lo rasga lo agita y lo pone a vibrar.