24 de noviembre 1991
“He procurado mantener oculta esta situación para proteger mi vida privada y la de quienes me rodean, pero ha llegado el momento de que mis amigos y fans de todo el mundo conozcan la verdad, y espero que todos se unan a mí, a mis médicos y a todos cuantos luchan por combatir esta terrible enfermedad, para luchar contra ella”. El 23 de noviembre de 1991, Freddie Mercury realizaba esta declaración pública, reconociendo que tenía SIDA y asegurando que, como había hecho casi siempre durante su carrera, continuaría con su política de no dar entrevistas. Aunque no hubo más tiempo, al día siguiente, murió.
La prensa británica llevaba varios meses lanzando rumores de su deteriorado aspecto físico y la muerte de varios de sus amigos, a causa también del SIDA. Las sospechas no hicieron más que crecer tras la publicación de varias fotografías y sus escasas apariciones públicas, por lo que el 22 de noviembre, dos días antes de su muerte, Mercury de 45 años, llamaba al manager de Queen, Jim Beach, para discutir un asunto concerniente a él que quería hacer público.
El histriónico y carismático cantante se encontraba ya extremadamente delgado, prácticamente ciego, sedado y sin apenas poder hablar. Una “penitencia” que tan sólo compartió con unos pocos amigos, como Montserrat Caballé: “Mira Montse, cada uno en la vida tiene su camino y lleva su equipaje. Y dentro de este están todas las cosas que debemos cargar. Yo llevo mi equipaje igual que tú llevas el tuyo. Sería inútil tirarlo, porque… tengo que llevarlo”, le dijo en una ocasión a la soprano española, que vio en aquella confesión, según comentó tras su muerte al programa de TVE Informe Semanal.
Unos meses antes, el 30 de mayo de 1991, Queen grabó el que sería el último video en el que apareció Freddie, “These Are the Days of Our Lives”. La canción es el octavo track del disco Innuendo de 1991, en el que la mayoría de las letras hacían referencia a una inminente desaparición de la banda. Filmado en blanco y negro para no mostrar la palidez de la piel de Mercury y las marcas que había sufrido ya; el clip alcanzó el número uno entre las mejores canciones del año.
Freddie sabía que era seropositivo desde 1987. Al parecer, había quedado impactado por la muerte de dos de sus amigos a causa del SIDA y, consciente de los riesgos de su variada y ajetreada vida, decidió hacerse los primeros análisis. Sus temores se hicieron realidad. Solamente se enteraron tres personas: su pareja Jim Hutton; su ex novia de juventud y amiga de toda la vida, Mary Austin; y el mánager de Queen, Jim Beach. Tiempo después, el cantante se lo hizo saber al resto de la banda, pidiendo a sus colegas que mantuvieran la enfermedad en secreto, pero diversos hechos como que al álbum “The Miracle” (1989) no le siguiera su consiguiente gira o un aspecto físico desmejorado servían para alimentar las sospechas de los medios de comunicación.
La terrible noticia le cambió su estilo de vivir. Se encerró en su casa de Londres y la convirtió en una clínica, en la que continuaba componiendo. Sus últimas canciones, de hecho, reflejan un estado de ánimo depresivo. Intuye que no le queda mucho tiempo de vida y, de alguna manera, esto se refleja en sus letras.
El avance de la enfermedad provocó que apareciera poco en los videoclips, y, cuando lo hacía, como en “Show must go on”, se cuidaba mucho la iluminación y el maquillaje para no mostrar las huellas de su deterioro.
Según contaría su pareja de entonces, Jim Hutton, los dolores que sufría Mercury en los últimos días de su vida eran enormes. En la madrugada del domingo 24 de noviembre de 1991, tras una noche muy convulsa en la que el cantante ya no se mantenía en pie, llamaron al médico, que decidió ponerle una inyección de morfina, asegurando que no aguantaría ni dos días.
Por la mañana, cuando ya se encontraba inconsciente, pasaron a verlo Elton John y Dave Clark, dos de sus grandes amigos, pero ya no respondía a ningún estímulo. Pocas horas después, moría en compañía de su novio.
Freddie había previsto su final y dejado listos todos los detalles para después. Regaló coche y casa a muchos de sus amigos, grabó una serie de vídeos sobre su enfermedad para que se emitieran tras su muerte y donó su fortuna, 5.000 millones de pesetas, a la lucha contra el sida. Por último, quiso que en su funeral se escucharan algunas grabaciones. Entre ellas, el tema “Barcelona” que grabó junto a Montserrat Caballé.
El final llegó con la decencia apropiada. Hubo pocos rumores públicos, ninguna insinuación infame. Únicamente el discreto anuncio, en ese terrible día de noviembre, de que el líder de Queen, Freddie Mercury, había muerto. Como ocurre con las salidas definitivas, su muerte, al igual que una gran parte de su vida, fue llevada al escenario a la perfección.
Freddie Mercury era, sin duda, el primer músico de rock en sucumbir a los estragos de esta enfermedad.
De la misma manera que la muerte de Rock Hudson obligó a Hollywood a reconocer el azote en 1985, el fallecimiento de Mercury hizo que la industria musical se enfrentara a los horrores del SIDA, en pensamiento y de hecho.
Un concierto conmemorativo, todos sus beneficios para organizaciones benéficas contra el SIDA, una reedición de “Bohemian Rhapsody” que llegó a lo más alto de las listas y cuyos beneficios fueron destinados a la misma causa… La muerte de esta gran estrella dio pie a que grandes cantidades de dinero se destinaran a encontrar un remedio contra la enfermedad. Pero, lo que es más importante, dio conciencia significativa sobre ella.
“Desafortunadamente, existe un enfoque muy juvenil hacia el SIDA en la comunidad rockera, un deseo de que las bandas continúen como siempre lo han hecho”, se lamentaba David Bowie. “El hecho de que Freddie fuese tan querido, hará que la gente se dé cuenta de que esta enfermedad no conoce fronteras”.







