El afilador: un oficio en peligro de extinción
En los rincones de nuestros pueblos y hasta en las bulliciosas ciudades de México, todavía se escucha ese silbido tan característico que anuncia: ¡ya llegó el afilador! Montado en su bici ingeniosa, con esa rueda de esmeril lista para trabajar. Es un verdadero “mago del filo”, recorriendo las calles para revivir nuestros cuchillos, machetes, tijeras y herramientas de batalla diaria. Este oficio, que pasa de padres a hijos, es una muestra viva de nuestra tradición y de cómo los mexicanos somos bien ingeniosos.
Pero no creas que solo es cosa de darle vueltas a la piedra. El afilador conoce los secretos de los metales, sabe cómo se desgastan y cuál es la mejor manera de devolverles su filo sin echarlos a perder. Esto no se aprende en la escuela, ¡qué va! Se aprende viendo, practicando y escuchando las enseñanzas de la familia.
Durante muchísimos años, el afilador ha sido un personaje familiar de nuestras calles. Su silbato no solo llama a los clientes, también nos trae recuerdos a los que crecimos escuchándolo pasar. Es un sonido que nos conecta con la infancia, con la vida en el barrio y con esa economía donde la palabra y la confianza valían oro.
Ahora que parece que todo se tira y se reemplaza, el trabajo del afilador nos recuerda que hay otra manera de vivir, una forma más consciente y que cuida lo que tenemos. Él representa esa cultura de valorar nuestros objetos de cada día y de darles una segunda oportunidad.
Además de ayudarnos a ahorrar unos pesos, el oficio del afilador tiene un valor cultural enorme. Es una parte de lo que somos como mexicanos, donde el trabajo de nuestras manos y lo que aprendemos por experiencia se respeta y se celebra. Mantener vivo este oficio es reconocer la labor de quienes conservan estas tradiciones en medio de un mundo que cambia tan rápido.
Tristemente, este y otros oficios están en peligro de desaparecer. Los jóvenes a veces no se interesan, la modernidad avanza y parece que estas actividades se van quedando en el olvido. Pero, afortunadamente, todavía hay quienes ejercen este trabajo con mucho orgullo y pasión.
Los oficios tradicionales, como el del afilador, son un tesoro viviente. Son parte de nuestra identidad. Cuidarlos, festejarlos y darles su lugar es también una manera de fortalecer nuestro sentido de pertenencia, nuestro orgullo como nación y esa conexión tan fuerte con nuestras raíces.
Porque en cada herramienta que vuelve a cortar, en cada historia que se comparte y en cada conocimiento que se hereda, se encuentra el alma de un país que sigue trabajando con sus manos. Así es como se construye lo que somos: México, hecho a mano… oficios con pura tradición.






