Charles Baudelaire y Richard Wagner

Dos grandes creadores del siglo XIX

Clodec López-min
por: Clodec López

Dos grandes creadores cuya reflexión va más allá del drama, la poesía o la música misma.

En este año 2021 se cumplen 200 años del nacimiento del poeta francés Charles Baudelaire  y 154 años de su muerte. Nació el 9 de abril de 1821 y murió a los 46 años, el 31 de agosto de 1867.

Baudelaire  es un escritor de personalidad contradictoria en muchos sentidos. Descontento con todos y consigo mismo, decía el propio Baudelaire respecto de su vida. Tal vez un hombre intratable incluso ruin. Sin embargo, es considerado un poeta excepcional y el mayor representante del simbolismo francés para el mundo de las letras, así como un referente en todas las artes.

Charles Baudelaire nació en el centro de París. Fue un joven  que siempre se resistió a la educación puritana y rígida que le quiso brindar su padrasto Aupick, un severo militar con quien su madre se había casado por conveniencia. Baudelaire con ello recibió un gran impacto emocional que desembocó en constantes problemas de disciplina y expulsiones de colegios coartando la continuidad de su aprendizaje.

Fue hasta 1840  cuando el propio Baudelaire se inscribe en la Facultad de Derecho y comienza   a llevar una vida despreocupada: con frecuencia asiste a las tertulias  que organizaba la juventud literaria del Barrio Latino en París  y  se vuelve adicto a las drogas y a los prostíbulos. Esta conducta hasta cierto punto desordenada es rechazada por su padrasto que  trata de distanciarlo de estos ambientes enviándolo a Burdeos con destino a los Mares del Sur entre comerciantes y oficiales del ejército. Pero fue en vano porque el joven Baudelaire no conocía pudor alguno que le permitiera el recato familiar y comienza a dar rienda suelta no sólo a su creatividad. En este periodo, con 20 años, el poeta francés escribe uno de sus textos más   célebres “El Albatros” inspirado por los indolentes pájaros cómplices de su viaje. Sin llegar a su destino propuesto, Baudelaire regresa a París sin éxito alguno.

Fue en 1945 cuando Baudelaire llama la atención de sus contemporáneos como crítico de arte, en este sentido Baudelaire manifiesta su interés por el dramatismo musical del compositor  Richard Wagner. Cierta empatía los unía: ambos habían quedado huérfanos a temprano edad y la música de Beethoven los habrá de volcar en un profundo instinto creativo para toda su vida.

Wagner fue reconocido en Francia desde que Théophile Gautier (renombrado periodista que había adquirido la dirección editorial de la influyente revista L’Artiste en 1856) publicó un artículo sobre una función de Tannhäuser que había presenciado en Alemania en 1857. Sin embargo la entrada de la  música wagneriana en París se dio en el Teatro Italiano con algunos conciertos sinfónicos que incluyeron fragmentos de diversas óperas como Tannhäuser , Lohengrin , El Holandés Errante y Tristan e Isolda. En 1860 Boudelaire asistió  a dichas presentaciones, calificándolas como “el mayor gozo musical que jamás había experimentado”. El escritor había quedado impresionado por esos momentos sonoros, al grado de escribirle a Wagner  como un  auténtico fan.

El 17 de febrero de 1861 Baudelaire escribe su primera carta al músico alemán para expresarle toda su admiración. En el texto se leen estas líneas:

“Al principio me pareció que conocía aquella música y, al reflexionar más tarde, comprendí de dónde provenía este espejismo. Me parecía que aquella música era mi música y la reconocía como todo hombre reconoce las cosas que esté destinado a amar. Para cualquiera que no sea hombre de talento, esta frase sería intensamente ridícula y más escrita por un hombre que, como yo, no sabe música y cuya toda educación se limita a haber escuchado, con gran placer, es cierto, algunos bellos fragmentos de Weber y Beethoven…”

Baudelaire censura toda crítica de envidia que se dio con el fracaso de la obra de Wagner  en París y que incluso obligó a la devolución del dinero de las entradas. La prensa  abucheaba y  escribían mal sobre el músico y sus obras. Pero Wagner era un hombre curtido por la adversidad, que seguía su propio camino.

Fue en 1861 cuando la escandalosa  irrupción parisina del compositor alemán contó con el patrocinio del emperador Luis Napoleón en el Teatro de la Ópera. Baudelaire escribe con respeto y admiración, pero  treinta funciones programadas fueron todo un fracaso y  a  esto se suma el clamoroso silencio del también crítico Héctor Berlioz, un revolucionario a su manera, que no entendía a su colega.

Baudelaire con pena ajena de sus compatriotas que van a la ópera a pasarlo bien y no entienden que Wagner exige concentración, se disculpa:

“A mi edad,  apenas atrae ya escribir a los hombres célebres y habría dudado mucho en testimoniarle por carta mi admiración si mis ojos no se tropezaran cada día con artículos indignos, ridículos, en los que se hacen todos los esfuerzos posibles por difamar su genio. No es usted, señor, el primer hombre con ocasión del cual haya tenido yo que sufrir y avergonzarme de mi país”.

Por entonces, autor de “Las flores del mal” ya es  un pionero de la crítica musical y Wagner es para él la síntesis de un arte nuevo.

La atmósfera maldita en la música se aprecia en diversos tratamientos de su obras. En primer lugar cuando, músicos como Fouré, Debussy o Duparc han tomado sus versos como principal fuente de inspiración y los han puesto a cantar en su obra. 

En segundo lugar, cuando la música aparece relacionada con aspectos y temas misteriosos, indefinibles de la existencia como la muerte o el amor o incluso como metáfora de ellos.

Es evidente que la música creada en la primera mitad del siglo XIX conlleva una parte importante de la estética de Baudelaire; un hombre sin mesura que desafió con su creatividad, su ideal estético y concepto de “belleza”,  las venas más íntimas de todo artista creador. Un poeta que absorbió el “arte total” de Wagner y lo transfiguró en sus propias tormentas para escribir los versos más vivos de la lírica francesa.

Foto tomada de Archivo

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