Texto Cecilia Kühne
Breve, muy breve, es -casi siempre- lo primero que se dice sobre la obra de Alí Chumacero. Después, uno se da cuenta que la medida responde a una matemática atroz, de tan simple casi tonta. Breve, dicen, porque nada más tiene tres libros. Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). Menos mal que no han contado el número de letras de cada poema suyo o la cifra que resulta de sus palabras juntas. Porque ni así se entienden la profundidad o la largueza.
Oriundo de Acaponeta, Nayarit, poeta, editor y crítico literario, no se abismó contemplando las vitrinas donde reposaban sus condecoraciones: el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, el Xavier Villaurrutia, el Rafael Heliodoro Valle, el Alfonso Reyes, el Amado Nervo y el Nayarit. Y es que decía haber visto en amigos escritores los peligros del reconocimiento, “cuando se sienten dueños del mundo y enormes al lado de Napoleón”. Alí no se miraba en tales espejos y se ocupó de otras cosas sin secretos. “Lo que yo escribo lo voy guardando, lo voy corrigiendo, lo reviso, lo veo con mucho cuidado”, dijo alguna vez al suplemento El tigre. “Cuando creo que ya está correctamente hecho, de acuerdo con lo que yo pienso, creo y siento sobre lo que es la poesía, entonces lo publico. Eso quiere decir que mucho de lo que yo he escrito no se ha publicado sino que permanece inédito. Y también quiere decir que todo lo que he publicado, en buena parte, es una selección de todo lo que yo he escrito.”
Como si estuviera oyendo y contestando una pregunta impertinente también dijo: “Yo no requiero publicar mucho más que eso para ser un escritor constante, con dedicación, sin descanso, metido entre las patas de los caballos, cultivando continuamente las letras.”
Cultivando también un amor a lo perfecto y siendo un creador de poesía donde se enreda la liturgia con lo hermético, la suavidad y la dureza, el hiperbaton con la metáfora y las flores con paisajes desolados. Nos regaló verdades siempre ciertas así como si nada: más crueles que el amor, el tiempo y el olvido o tú que nombraste el ser de todo ser adviertes agonía.
Pero también nos explicó la eternidad de sus amores en gloriosos versos:
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
Cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
Poema de amorosa raíz
Pero baste de tanta palabra. Si se trata de la obra de Alí Chumacero, efectivamente la palabra es breve y el arte largo. El tiempo, cien veces demasiado breve para dejar de leer alguno de sus tres libros. La ocasión fugaz.
Hoy, que es 9 de julio y estuviera celebrando 97 años si todavía viviera, ha llegado el momento de un homenaje largo.







