Hay varios informes que hablan de que una persona con una salud normal podría tardar de 10 minutos a una hora en morir ahogado si fuera enterrado; otros, creen que de seis a 36 horas. Los científicos no se ponen de acuerdo, pero una cosa es segura: no tardaríamos demasiado en fallecer.
Todo se reduce a la cantidad de aire disponible en el ataúd. Cuantos más pequeños seamos, más tiempo podríamos sobrevivir, ya que ocuparíamos menos espacio y habría más oxígeno. Cuando éste se agote, llegó el final. Los nadadores o corredores o cualquier persona con una mejor capacidad pulmonar, podrían resistir un par de horas más.
Incluso si pudiéramos salir del ataúd aun con aire, nos encontraríamos en una situación similar pues todavía tendríamos la tierra encima que podría entrar en la boca o nariz y obstruir las vías respiratorias.
Pero hay un lado positivo. A medida que el dióxido de carbono se acumula nos iría dando sueño y finalmente caeríamos en coma antes de que el corazón se detuviera.
En la antigüedad era bastante común que se enterraran a las personas aún con vida, pues padecían una enfermedad llamada catalepsia, un padecimiento en el que el cuerpo se encuentra completamente rígido y carente de movimientos musculares, pero la persona que lo sufre está consiente todo el tempo.
Cómo este estado puede durar desde horas a días, los familiares decidían sepultar al ‘difunto’. Una vez enterrado, la persona sufría la agonía de morir sofocado por la falta de oxígeno, pues por lo general se encontraban a 3 metros bajo tierra.






