Buscando el jazz perdido (Parte 1)
28 de junio de 2024
Por Erik Montenegro.
Cuando por primera vez sentado en la banca del parque en las afueras del colegio, llegaba la que a los 10 años parecía ser el amor de tu vida, de todos tus días y para siempre, y que con cara de pocos amigos se sentaba a tu lado para decirte que ya lo había pensado bien y que mejor -solo amigos-, porque le había dado por reflexionar mejor las cosas y una larga sacudida de palabras que dejaban de tener sentido y se volvía inaudibles (entra música de piano jazz solo, triste) por el cráter en el corazón que se había abierto tragándose toda la luz de las mañanas. Así, algo exagerado, pero útil para la ilustración, el momento que sentado en una banca de la ciudad de Montreal descubres que el jazz de luces, bombo y platillo tampoco está ya. Oiga usted, pero desde atrás tiempo.
Ha decidido partir a los anaqueles de los renovados discos de vinil o a vivir en interminables listas digitales que se almacenan en una nube, en alguna cartelera doble de sábado perdido en las esquinas de los Clubes que persisten o quizá, hasta en la guía que repasamos en mi programa de radio cada semana… y ya, lo del cráter te lo deja a tu gusto.
Heráclito, con su célebre afirmación sobre el río, subrayaba una verdad fundamental: la vida es un continuo fluir. Esta idea se encapsula en su famosa frase “Panta Rhei” (“todo cambia” o “todo fluye”). Para Heráclito, el cambio no era simplemente un aspecto de la vida, sino su esencia misma. Resistirse al cambio equivalía a resistirse a la vida. No te resistas entonces -se dice repetidamente el de la pluma mientras con ese mismo objeto golpea su cabeza dura-.
La filosofía de Buda y Heráclito compartían una notable convergencia en su comprensión del mundo, aunque sus enfoques diferían significativamente. Mientras Buda promovía el desapego como un camino hacia la iluminación, Heráclito sostenía que se podía abrazar y disfrutar de todos los aspectos cambiantes de la vida, siempre y cuando se comprendiera su naturaleza transitoria y efímera. Ambos sabios coincidían en la idea de que el disfrute de la vida está permitido, pero con la conciencia de que nada en ella es permanente. Buda y Heráclito no escuchaban jazz , quizás cambiarían la percepción al no encontrar la seguridad de la continuidad o la permanencia de esas buenas bandas en los escenarios.
Sin divagar: Dijo en entrevista para Horizonte 107.9 FM Adeline Michèle Pétricien quien es mejor conocida como “Adi Oasis” y quien estará presentándose el 29 de junio en Le Studio TD en la edición 44 del Festival un balazo funesto, palabras más palabras menos: “Miles Davis ya no está, ya se fue, así que es hora de pasar la estafeta” La gran pregunta es ¿a quién? ¿A QUIÉN? (Insiste el que escribe como en grito ahogado)
Aquí se corre el peligro de empezar a arrastrar las pantuflitas y sacar las gafas denotando la edad, pero al final queremos un cambio, sí; pero sostenible con una idea que nos signifique al menos los elementos más resonadores que definen al género si es que a uno de esos Festivales vas a asistir con tu banda.
El jazz ya se murió y no nos hemos enterado, dicen las teorías de quienes lo enterraron a la salida de 1959. Después del año más prolífico, estudiado e inundado de los mejores discos de la historia, le dio un colapso nervioso y se murió.
Quizás se nos venció la suscripción de la actualidad, pero el “Panta Rheí” nos está pasando por enfrente de la casa. El cambio ya está aquí y las nuevas músicas -se llamen como se llamen– se estacionaron para hacerle sentido a toda una nueva generación que define lo bueno por lo nuevo y rechaza lo de antes por cansado y viejo, dejando a toda una generación (para ejemplo la mía y las de mis coetáneos) en medio de la nada.
Es que empecemos por poner la cosa clara, mucha de la música que hoy se presenta en un Festival como éste es absolutamente increíble en su gran mayoría, es creativa, tiene todos los elementos que integran una evolución natural, voces en otros tonos, beats en avanzada como de caballería bien organizada, ingenio, ritmo y locura, pero ya no trabaja bajo el concepto del género jazz.
Tendrá que ser entonces un “Festival de las Músicas” en algún futuro cercano.
De ahí el impacto de encontrar los nombres de quien sí hace jazz en letras de microscopio en un cartel dedicado al género.
El amable escucha y lector entonces por eso dice ¿somos o no somos?
Es que nosotros llegamos al jazz que ya también había tenido su época de oro, pero lo fuimos redescubriendo a través de la infinidad de exponentes que estaban vigentes y en activo y que en fila interminable seguían apareciendo año tras año con nuevas y frescas propuestas que le daban la vuelta, o las torcían como poema de Octavio Paz -dedicado a las letras, pero aquí se la aplicaban a las notas- los sesentas con su natural evolución funk, soul y R&B que terminaría en música disco para infarto de Sly y su Family Stone, y para regocijo de las generaciones que lo bailaron debajo de una bola de espejos.
Cambio.
Luego entonces, el jazz de los setentas, inspirado aquí y recargado hasta la nausea en la novedad de los sintetizadores que en algunos casos brincaron de época sin raspones, y otros se avinagraron como vino viejo. Desde la evolución de sonidos y obras que ocupaban todo el lado A del disco para una sola pieza, hasta los álbumes triples para que cupieran todas las ideas. Ahí entonces el grupo que inspiraba a Sacbé y el Weather Report, pero también las mezclas naturales con otras músicas como las de Premiata, Camel, ELO, Yes y hasta Chicago. Aquí un Al Di Meola joven buscando lo suyo, hoy como la sección del paleolítico en Montreal junto a Stanley Clarke, Dave Holland y Oliver Jones.
Cambio.
¿Por qué entonces no esas leyendas están en la cabeza del cartel del Festival más importante del género? La respuesta más justa tendría que ser: porque ya lo estuvieron, muchas veces, y hoy esas músicas de inspiraciones y reminiscencias de ayer ya no se hablan con los vientos del hoy.
¿Podrían estar como cabeza? La respuesta es un contundente Sí.
¿Deberían? La respuesta es lo que nos trae a estas líneas.
Es sabido que este es un Festival de vanguardia. El más importante del mundo, quizás. Estoy obviando Montreux porque también decidió subirse al río del cambio. El año pasado coincidí con un querido amigo en el Festival de Montreal, él venía desembarcando de Suiza, justo del Festival que está enclavado en el Lago Lemán y sentados a la mesa me dijo: “vengo ahora a Montreal buscando el jazz y no lo encuentro”.
Me enseñó el programa de conciertos que se habían llevado a cabo en Europa y salvo sagradas excepciones, no había más jazz programado en sus agendas.
Al cabo de unos días en Montreal, pudimos disfrutar algunos conciertos del género, pero estaban agazapados entre muchos otros, sin posibilidades de brillar.
En esta edición 44 del Festival hay más de 300 conciertos programados. Es una explosión de música completamente irreal, espectacular y extraordinaria. Montreal se anota un gol olímpico de nuevo al ser el epicentro de la fiebre del ritmo.
La pregunta es: ¿Habrá en 2024 más de 300 grupos de jazz con las experiencias y tablas necesarias, arrastre, base de fanáticos y sólida discografía para estar en un Festival de este tamaño?
Lo único que sé es que lo hubo. Por muchos años.
Por eso este Festival se volvió en la leyenda que es, con todo y récords Guiness por niveles insólitos de asistencia.
Hoy, el interés de las audiencias no está ahí.
Seguiremos en esta línea, en búsqueda del jazz perdido, o como dicen los las series de los ochenta: Continuará.







