Los tejedores de palma comienzan a llegar desde la víspera y se instalan en el atrio de las iglesias y en las banquetas de las calles aledañas a los templos. Traen la palma fresca, cortada con cuidado y manejada con las precauciones necesarias para que no se seque, para que siga siendo flexible y para que se pueda anudar con delicadeza. Son muchos, hay hombres y hay mujeres, algunos más jóvenes, otros más viejos, pero todos son hábiles tejedores.
Toman un lugar sobre el piso de piedra o de cemento y no se moverán de ahí hasta que concluyan las celebraciones del Domingo de Ramos. Separan la palma en tiras delgadas, conservan unido el tallo y la tuercen y la tejen sin cesar, hablando bajito o permaneciendo en silencio mientras elaboran hermosas figuras con formas heredadas de mucho tiempo atrás, de muchos siglos.
Cada pieza terminada se va colocando junto a las otras, en una cubeta con un poco de agua para conservar intacta su belleza y su frescura. Sólo cuando comienzan a llegar los compradores las voces se escuchan con fuerza y el ambiente se torna de romería: -¿Qué va a llevar marchantita?, ¿qué le damos?, ¡Acérquese, anímese!-. Los feligreses eligen las figuras de palma de acuerdo a su presupuesto y a su gusto particular, para colocarlas, después de que sean bendecidas en la procesión o en la misa del Domingo de Ramos, detrás de su puerta, junto a la entrada de su casa, en el tablero de su auto y, en fin, en todos esos lugares cotidianos que merecen protección y cuidado. Las figuras de palma poco a poco perderán su color verde y se tornarán amarillas, rígidas y perdurables.
Los tejedores de palma así como llegaron se irán, para volver el próximo año a repetir con calma y concentración una tarea que demanda toda su habilidad por un único día y para una sola fecha. Casi todos ellos vinieron de lejos, de pueblos pequeños, del campo, y no es raro escuchar algunas conversaciones en lengua indígena mientras están realizando su trabajo. Consiguen con esto un pequeño ingreso extraordinario, unos pesos que serán útiles para seguir enfrentando el día a día.
La fiesta del Domingo de Ramos, que recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, toma matices diferentes en las diversas regiones de México, pero en todas están presentes esos tejedores habilidosos sin cuyo arte anónimo no habría fiesta, no habría conmemoración.
Las fotos que acompañan a esta crónica fueron hechas en Atlixco, Puebla, a donde llegan los palmeros provenientes, sobre todo, de los pueblos de la zona de Izúcar de Matamoros, pero lo mismo ocurre en otras partes, en el atrio de la Soledad de la Ciudad de México, en Cuautla, en Puebla y en todas las poblaciones importantes que cada, Domingo de Ramos, se acercan a los afanes del campo a través de estas bellas piezas que son un intercambio de fe y de belleza. Y ahí quedan las palmas el resto del año juntando, sin que nadie lo sepa, esos mundos separados que conforman a México.
Les invitamos a escuchar esta pequeña entrevista que le hemos realizado al señor Alberto Pérez Rodríguez vendedor de palma en Atlixco.
Escucha el audio.
Haz clic en cada imagen para agrandarla.
Fotografías de Enrique Rivera.












Muy bonita tradición, que dejando de lado las cuestiones religiosas, es de reconocer el trabajado artesanal que realizan estas personas por varios lugares de México en estos días.
Saludos amigos del IMER y gracias por hacer este tipo de radio para nosotros.
¡Muchas gracias Gustavo!