Parecería que Benito Juárez nunca se quitó su levita negra. Incólume, resistente, siempre de una pieza, ni el sol en el desierto de Chihuahua, ni los cálidos vapores en Veracruz, ni siquiera la furia –que lo calienta todo- lograron atraparlo en mangas de camisa. Y si fue así, no importa. Nadie que viva hoy es un testigo.
La memoria, por eso, se ha inventado a sí misma y recuerdos propios o ajenos han reinventado al patricio oaxaqueño una y otra vez. Libros, pinturas, fotografías y dibujos han recreado muchas veces su retrato. Las crónicas, los testimonios, las biografías, toda la fama por escrito que llegó hasta nuestro tiempo, describen su imagen con innumerables virtudes: sencillez en el vestir, frugalidad si de comida, palabra y bebida se trataba, camisa siempre blanquísima y cabello inamovible. Con pulcritud tanto en las maneras como en el pensamiento. Todo ello aunado a la dureza que necesita la templanza y con un corazón forjado a fuego, ése al que no conmovieron ni las lágrimas, ni la sangre, ni las explicaciones.
Cuando Benito Juárez llegó al mundo, hace 209 años con toda precisión, eran tiempos difíciles. Aquella primavera de 1806, estas tierras, todavía no eran una nación consolidada y el movimiento independentista sólo se anticipaba. El pueblito de San Pablo Guelatao, del distrito de Ixtlán, lugar de sui nacimiento en Oaxaca, apenas estaba habitado por 20 familias zapotecas. Es bien sabido que a los tres años quedó huérfano a cargo de sus abuelos y después fue a vivir con su tío Bernardino. Luego decidió “fugarse”. Así lo cuenta el mismo Juárez en su texto Apuntes para hijos : “Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué, hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano, y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre, y muy especialmente para la clase indígena, adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme. Estas indicaciones y los ejemplos que se me presentaban de algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mi un deseo vehemente de aprender”. Hasta ahí su primera gesta heroica, hoy casi una mítica leyenda: Más allá de ella, la verdad es que Benito Juárez escaló uno a uno todos los peldaños del poder inició su vida política como regidor del ayuntamiento de Oaxaca, después formó parte de la legislatura local, luego fue Secretario de Gobierno, Fiscal del Tribunal Superior de Justicia y diputado en el Congreso de 1846. Llegó a la gubernatura de su estado en 1847 hasta llegar a la presidencia de México en 1857.
Durante la mayor parte de la vida de Juárez México permaneció en el límite de una nación que tenía muchos apuros en dejar de ser virreinal y aspiraba a formar ciudadanos libres. La nación participaba del paradójico acontecimiento de no haber encontrado, con éxito, formas de gobierno propias y distintas a las que acababa de rechazar pero que tampoco mostraba transformaciones importantes en su vida civil y en la de su sociedad. A Don Benito, pues, le tocó preocuparse y encargarse. Y, por eso, su figura es un símbolo perfecto: un indígena zapoteca que se convirtió en Presidente de la República, un ejemplo de las bondades de la legalidad y la austeridad, el atisbo de un país conformado por todas las razas y sin duda de innegable importancia en la constitución del Estado moderno mexicano, A estas alturas parecería que ya nadie puede agregar nada a lo dicho y escrito -malo y bueno- sobre la figura de Benito Juárez. Que nadie puede aumentar ni una página más a su biografía, ni leer nada que no se haya leído. Sin embargo siempre puede aparecer ya no Juárez como hombre, prócer personaje. Tal vez con alguna frase suya que no habla del derecho ajeno y solamente dice: “Nada con la fuerza: todo con el derecho y la razón”.
Cecilia Kühne.








Es lamentable que se siga propagando una mitología al respecto de un personaje que hizo tanto daño al país. Es claro que la autora del artículo repite una serie de lugares comunes sin haberse informado de las investigaciones que se han realizado y que demuestran que no sólo firmó más de 5 tratados internacionales que, digámoslo eufemísticamente, “comprometían” la soberanía nacional, sino que, además es el causante de la mayor destrucción del patrimonio nacional sucedida: 300 años de cultura fueron destruidos en poquísimos meses por órdenes suyas. Finalmente, tampoco se menciona las masacres que cometió y la venta de campesinos yucatecos como esclavos a Cuba. Esto no es todo, pero tan sólo por ello se le consideraría en cualquier otro país uno de los personajes más nefastos de la historia. Ya es hora de terminar con este mito. Dr. Pérez-Amador Adam. Profesor Investigador Titular C, UAM-Iztapalapa. Sistema Nacional de Investigadores.