Texto Cecilia Kühne
Gustavo Sainz, nacido el 13 de julio de 1940, fue descrito por Emanuel Carballo, en su momento, como “uno de los escritores mexicanos más jóvenes y despiertos”. Se dedicó al cuento, la novela y de vez en cuando, a la crítica bibliográfica. Acaso el mayor “experimentador” de la llamada literatura de la onda, sus novelas fueron audaces y provocativas. La fama le duró lo suficiente y fue de menor a mayor hasta alcanzar cumbres altas, aunque por algún momento pareció evaporarse. La muerte le llegó a escondidas, como en un relato de misterio. Sólo algunos se enteraron que el deceso de Sainz se conoció a través del obituario del portal del Herald Times Online, de Bloomington, Indiana, lugar de la Unión Americana donde residía el escritor porque también era catedrático de la universidad local. Su muerte cayó en viernes. Apenas el pasado 26 de junio.
Sobre su obra las opiniones son unánimes (aunque de pronto se conviertan en péndulos). Gazapo, su novela, es la favorita de todos. Después, La Princesa del Palacio de Hierro. Intachable representante de la Literatura de la Onda, movimiento que le dio voz, susurro y grito a temas como la droga, el sexo y el rock and roll, las palabras que no podían decirse porque justo eran la onda de todos y una rebeldía que daba miedo porque abrevaba en reflexiones tan profundas que también provocaban el pánico de las generaciones anteriores.
Gazapo, que fue su primer libro, colocó a Sainz, después de varias piruetas narrativas y uno que otro plagio humildemente reconocido, como uno de los prosistas jóvenes más dignos de atención y de lectura. El mismo Sainz describió aquella novela de la siguiente manera: En ella narro dos historias. En la primera un adolescente que rompe con su primer ambiente (la familia) trata de adaptarse a un segundo (los amigos, la vida en soledad, las aventuras de soltero). Fracasa en el intento. Entre él y sus amigos media un vacío abismal. Se deja entrever que en el amor encontraría cierta felicidad, pero para él, amor es conquista. La segunda historia, atada por completo a la primera, es la crónica desenfadada de una seducción. El narrador de la novela es Menelao, el protagonista principal. Utiliza todas las personas gramaticales para llevar a cabo su cometido. La presencia de una grabadora y de varias cintas grabadas permite desarrollar la historia en varios planos y, también que los personajes puedan leer, o mejor dicho oír, sus propias aventuras. Y detener, fijar, paralizar, fotografiar estas aventuras de manera que uno pueda moverlas en el tiempo y cambiarlas de sitio en el orden de la historia, aunque esta vicisitud se presenta nada más como posibilidad. En Gazapo nada parece suceder directamente, y todos los testimonios son oblicuos. Es decir: el lector conoce los hechos después de tres o cuatro rebotes. A veces los hechos dan la impresión de estar sucediendo, y no es verdad: se trata de cintas magnetofónicas. Aunque los límites no se precisan en el texto, la novela transcurre en una semana, de viernes a viernes.
José Agustín, el escritor más presente de la literatura de La Onda, escribió un delicioso y amplio texto cuando Gazapo, publicada en 1965, cumplió 40 años. En este texto comenta:
“La novela de Sainz tuvo un éxito instantáneo. Hasta la fecha tiene muy buenas ventas. Pero entonces era algo distinto en todos sentidos. La portada con la foto de la conejita difuminada por una pantalla abría el mundo adolescente, durísimo, muchas veces cruel. Un túnel oscuro y larguísimo que se hace fácil por la vitalidad e inconsciencia que a esa edad se derrama, y por los amigos, apoyo decisivo en el proceso de crecimiento…”
Hoy, que Gustavo Sainz, hubiera cumplido 75 años, no sabemos cómo hubiera celebrado con su colega, su par en el oficio, su entrañable amigo. Podríamos recordar cómo llamaba a Sainz José Agustín en su cuaderno. Con juegos de palabras cálidos e imaginativos como “Gus Sainete”, “Saint-Sainz”, “Sainzano” o simplemente “Sainz”.
Pero nada como citar textualmente las palabras de José Agustín en una reciente entrevista:
“Nosotros compartíamos muchas cosas entre ellas un poco el estilo literario”.
“¿Y qué pensaba de que se les tratara como escritores de la onda?”, se le pregunta:
“No mame usted con eso de escritores de la onda, ¿qué chingados es la onda? Compartíamos los dos el mismo punto de vista de que no había tal onda y así”.









