Concha Urquiza, poeta mexicana del siglo XX

Muchas cosas se pueden decir de Concha Urquiza, pero pocas en realidad se han dicho. Quizás es una de las poetas mexicanas menos conocidas de la primera mitad del siglo XX, porque Concha Urquiza ha sido un tanto “escondida”, como tal vez ella habría querido.
Su historia inicia el 24 de diciembre de 1910 en Morelia, Michoacán, cuando vio la primera luz en un México convulsionado por la Revolución. A causa de las revueltas, y según cuenta el poeta Javier Sicilia, Concha y su familia migraron a la Ciudad de México, donde, tras la muerte de su padre, comenzó su carrera literaria publicando a los 11 años sus primeros poemas en la Revista de Yucatán y en la Revista de Revistas.
Del erotismo a la vida espiritual intensa, de la militancia en el partido comunista a la adopción de diversas teorías estéticas y políticas, Concha Urquiza fue una mujer que vivía en el péndulo que la llevó, de un extremo a otro, a explorar las palabras y a cultivar el pensamiento. A causa de una crisis existencial, y un poco también por las circunstancias políticas que vivía México, Concha, presionada por su hermano, dejó su activismo político y se fue en 1928 a Estados Unidos, donde trabajó en la Metro Goldwyn Mayer.
Unos años después, en 1933, volvió a México. Esos años de exilio autoimpuesto, resultaron en una especie de novela autobiográfica: “El reintegro”, una novela en donde Concha Urquiza se sumerge en los grandes poetas y místicos de la tradición cristiana.
Luego de una crisis espiritual, en 1937 se volcó al catolicismo, rompió con el partido de los rojos e ingresó en un convento. Aquella mujer que contaba apenas con 27 años y que había estado en franco contacto con su propio erotismo, como lo registra su poesía, ingresó a un convento, el de las Hijas del Espíritu Santo. Su ánimo inquieto, acostumbrado a ver el mundo desde otra perspectiva, no soportó la vida del convento y abandonó la orden para dar clases de lógica e historia de las doctrinas filosóficas en la Universidad de San Luis Potosí. Este fue un tiempo muy prolífico en la producción poética de Concha. Entre la bohemia y el rezo se mantuvo siempre al margen del alarde de los círculos intelectuales.
De esta época, es el poema Dicha (1940):
Mi corazón olvida y asido de tus pechos se adormece: eso que fue la vida se anubla y oscurece y en un vago horizonte desparece.
De estar tan descuidada del mal de ayer y de la simple pena, pienso que tu mirada
-llama pura y serena- secó del llanto la escondida vena.
Concha es un personaje intenso y enigmático, tan interesante que hasta el autor chileno Roberto Bolaño se inspiró en ella para uno de los intrépidos caracteres de su novela Los Detectives Salvajes, donde la podemos encontrar bajo el nombre de Cesárea Tinajero. Ahí Bolaño la describe magistralmente como una ausencia, un salto al abismo, un ir y venir de lo terrenal a lo divino, del exceso a la mesura, del erotismo a la inocencia.
Así como el halo misterioso que envuelve su vida, también su muerte es misteriosa. No se sabe si fue un suicidio o un accidente, lo que se sabe de cierto es que el 20 de junio de 1945, María Concepción Urquiza del Valle, se internó en las aguas frías de Ensenada, en Baja California, nadando a contracorriente, como lo hizo en la vida metafóricamente, y se ahogó. Hasta la fecha no existe una imagen clara de lo acontecido aquel el día fatídico, lo que sí queda es la obra de la poeta contenida en breves tomos y la difusa memoria de una mujer que rompió los cánones de aquellos inicios del siglo XX.
De este tiempo (1940) es el poema Dicha:
Mi corazón olvida
y asido de tus pechos se adormece:
eso que fue la vida
se anubla y oscurece
y en un vago horizonte desaparece.
De estar tan descuidada
del mal de ayer y de la simple pena,
pienso que tu mirada
–llama pura y serena–
secó del llanto la escondida vena.
Concha Urquiza fue un personaje intenso y enigmático, tan interesante que hasta el autor chileno Roberto Bolaño se inspiró en ella para uno de los intrépidos personajes de su novela Los Detectives Salvajes. En esta novela la podemos encontrar bajo el nombre de Césarea Tinajero. Ahí, Bolaño la describe magistralmente como“una ausencia, un salto al abismo, un ir y venir de lo terrenal a lo divino, del exceso a la mesura, del erotismo a la inocencia”.
Así como el halo misterioso que envuelve su vida, su muerte también es un enigma. No se sabe si fue un suicidio o un accidente, pero lo cierto es que el 20 de junio de 1945, María Concepción Urquiza del Valle se internó en las aguas frías de Ensenada, en Baja California, nadando a contracorriente, como lo hizo en la vida metafóricamente, y se ahogó.
Hasta la fecha no existe una imagen clara de lo acontecido aquel día fatídico, lo que sí nos queda es la obra de la poeta contenida en breves tomos y la difusa memoria de una mujer que rompió los cánones de aquellas primeras décadas del siglo XX.






