Las Posadas en México (I).
La celebración de las posadas navideñas, es una fiesta de origen pagano-religioso, nacida en la nueva España, a raíz del adoctrinamiento iniciado primero por el padre mercedario Bartolomé de Olmedo, y después de 1523, por el lego franciscano de origen flamenco Piere de Gand, más conocido como Fray Pedro de Gante, primo del emperador Carlos V.
Desde los primeros días de la dominación española, las posadas se fueron convirtiendo en parte esencial de los festejos decembrinos, siendo esta manifestación quizá la única que los indígenas del antiguo imperio mexica aprendieron con más avidez y prontitud, ya que por naturaleza, éste era un pueblo altamente religioso.
Además, para el aprendizaje de los naturales, los frailes europeos utilizaron diversos sistemas, desde el lenguaje corporal hasta el uso de dibujos donde se representaban pasajes bíblicos. Técnica muy parecida al antiguo sistema de escritura azteca, que sirvió para que tenochcas y tlaxcaltecas aprendieran los eventos religiosos más importantes del catolicismo. Esto favoreció el intercambio lingüístico entre indios y españoles.
Las posadas empezaron a popularizarse en el México colonial a partir del siglo XVII, pues los frailes mantenían una estricta supervisión en las formas religiosas, ya que desde los primeros años de la conquista los indígenas (independientemente al adoctrinamiento católico) intentaban mezclar, entre la liturgia aprendida, algunos elementos de sus antiguas prácticas religiosas.
Esta mezcla dio a todos los aspectos de nuestra cultura contemporánea, un sabor puro y espontáneo, un sello desbordante de colorido y pletórico de mística y encantadora magia mestiza.
A partir de la segunda mitad del siglo XVII, en México, las fiestas en torno a la Navidad habían tomado ya un rumbo definitivo, principalmente en el Convento de Acolman, en el centro artístico y religioso de Tepotzotlán; aunque por su importancia evangelizadora se practicaban también en casi todos los establecimientos religiosos de la nueva España.
Las pastorelas.
Las obrillas actuadas por los indios y mestizos fueron tomando un inusitado arraigo, con la adición constante de elementos autóctonos, derivándose de esta mezcla las piezas teatrales de carácter pastoril, que iban ya por el camino del estilo popular mexicano. Los elementos para su total organización eran puestos en manos de la generalidad del pueblo, supervisados de manera superficial por los legos o seglares de las distintas órdenes religiosas.
En este sentido, la intervención del llamado Lirio de Flandes, fray Pedro de Gante, llegó a resultar definitiva y oportuna, porque no todos los religiosos llegados a la nueva España se encontraban capacitados para la enseñanza de la pintura, la artesanía y, sobre todo, para la minuciosa construcción de los instrumentos musicales de estilo europeo.
Los alumnos indígenas y mestizos, desde los primeros días de la catequización, fueron capaces de plasmar en las pastorelas su esencia de barroquismo que en las palabras del escritor José Moreno Villa, fueron convertidas en tequitqui, arte tributario.
Con esta identificación, dentro de los cánones artísticos de la época, pronto se caracterizaría la festividad, como de hechura netamente mexicana.
Más adelante, las pastorelas se verán modificadas en los atavíos, en la escenografía y principalmente en la estructura literaria. El lenguaje ya incluye una libre concepción sobre la divinidad católica y se le maneja de una forma coloquial y cotidiana, exenta de matices que pudieran restarle una comunicación directa y sustancial.
Junto con esos parlamentos amorosos e infantiles, totalmente creados por la inspiración popular, se procede a dar a las pastorelas, ciertos toques de familiaridad, que después, al ir evolucionando el género, caerán de plano en lo jocoso, y hasta en lo irreverente; manifestación que no guarda otra finalidad más que la de hablarse de tú con Jesucristo.
Otras influencias de oriente y occidente.
A principios del siglo XVIII, con el apogeo de la ruta de Oriente, la celebración de las posadas comienza a tomar un matiz muy enriquecido, pues la Nao de China, o Galeón de Filipinas, trae en sus bodegas los elementos que han de dar brillo festivo a las fiestas decembrinas.
Dichos objetos son, entre otros, los coloridos pliegos de papel de China y los oropeles, mejor conocidos por el mexicano como oro volador.
Llegan también por esta vía, los farolitos chinescos, los multiformes gusanos de escarolas, y el rugoso pero encantador papel crepé, para vestir de gala a los nacimientos.
Vienen también como viajeros especiales, las hermosas tallas en marfil, de la triada divina compuesta por el niño Jesús, San José y la Virgen María, convertidos en orientales, por los rasgos impuestos a sus rostros en el Lejano Oriente.
Después, de la Italia, llegarán las figuras de cerámica, que más adelante serán substituidas por las nativas y dulces creaciones mexicanas, originarias de Tlaquepaque, Oaxaca, Puebla, Querétaro y Guanajuato; o las obras de los santeros mexicanos, talladas, estofadas y policromadas. Y las también extranjeras esferitas navideñas, luceros coloridos, que originalmente fueron llevadas desde el imperio del gran Kublai Kan, por el viajero Marco Polo, a la Italia medieval, y que después, por el proceso de la conquista española, se instalaron en tierras mexicanas.






