Por Angie Trujillo

Lo conocí hace como quince años, quizá un poco más, quizá un poco menos. Una de las bondades de trabajar en la radio es que te permite tener cerca a personajes de la cultura mexicana, esos que antes leías, veías en la televisión o conocías de ellos cuando eras estudiante. Y así fue. Cruzamos palabra por una carcajada que me produjo uno de sus comentarios lanzado a media voz por toda la oficina. Y de pronto, comenzamos una plática que se repitió al día siguiente, y al siguiente, y poco a poco se convirtió en una divertida rutina vespertina.
Política, historia, vida diaria y hasta anécdotas muy personales fueron los temas de esas charlas entrañables. Se veía necesario un café, pero uno de a de veras, que participara de la plática. Así fue como finalmente coincidimos en un lugar de la colonia Roma que parecía decorado por algunas de las vivencias de Armando. Sus crónicas eran inevitables. Siempre atinadas, sumamente coloridas y, eso sí, únicas. Ese encuentro ha sido uno de los más memorables de mi vida. Conocí más allá del personaje, conocí a un maestro, a un padre orgulloso, a un notable escritor, cronista y crítico. Conocí a Armando Ramírez.
El lenguaje de barrio, el sentir de la calle, de lo cotidiano, lo popular, formaba parte exquisita de las narraciones que Armando Ramírez realizaba todos los días. Me atrevería a decir que no necesitaba una cámara, un micrófono y ni siquiera una libreta para contar esas historias que vio, sintió y acogió.

No fue difícil que se convirtiera en un cronista destacado de la Ciudad de México. Nacido en Tepito, uno de los barrios más emblemáticos de la capital, Armando Ramírez entendió y logró, con su escritura, abrir espacio para lo popular en la crónica, en la literatura, en la prensa, en los medios electrónicos. Dotado de un peculiar olfato narrativo, recorrió las calles de la ciudad y conoció los rincones más recónditos para revelar historias y darles voz a sus protagonistas.
Más allá de los libros que escribió, algunos llevados a la pantalla grande, me atrevería a decir que lo que más disfrutó Armando Ramírez fue hacer reportajes en las calles de la ciudad de México. Se le notaba. Cada entrevista que hacía, cada edificio que visitaba, cada calle que caminaba iban acompañados de una enorme sonrisa… y muchos seguidores. Se daba a querer, pues.
Su muerte me tomó por sorpresa. Si bien es cierto que no nos veíamos desde hace años, en las redes sociales bromeábamos con una prometida visita a una de las torterías más conocidas del centro de la ciudad. Armando la conocía bien y yo me saboreaba el peculiar manjar. Ahí seguiríamos la charla como la de la colonia Roma. ¡Ay Armando! Ni modo, me quedé con las ganas.
Se te va a extrañar. Ahora sólo queda releerte, imaginarte escribiendo y contando historias como las de Chin chin el teporocho, Noche de Califas, Quinceañera, La tepiteada o tu más reciente novela, Déjame. Tu partida deja un gran vacío en los barrios y en la crónica popular. Aún hay mucho que contar. Gracias por el aprendizaje. Hay que seguir, pues total, como decías, qué tanto es tantititooooo.






