Texto Cecilia Kühne
Viajero, desarraigado durante mucho tiempo pero con fuertes raíces en tierras propias y ajenas, Rafael Bernal fue un escritor mexicano que nació hace cien años en la Ciudad de México. Con un impresionante abanico de obras, temas y oficios, fue también diplomático, poeta, maestro, dramaturgo, novelista, cuentista, publicista, historiador y guionista. Sin embargo, más allá de sus 14 libros, sus investigaciones y poemas sobre el mar, Rafael Bernal es el autor de El complot mongol considerada, sin más, como la primera novela policíaca mexicana. Publicada en 1969, y prácticamente desconocida hasta la década de los ochenta, la novela narra la historia del detective Filiberto García, ex-sicario villista.
Su misión es lidiar con una conspiración internacional que amenaza la paz del mundo desde el barrio chino de la calle de Dolores del centro de la Ciudad de México. Con un ambiente de novela negra, Rafael Bernal fabrica un protagonista insólito. Un detective que es más bien un antihéroe y que devela su personalidad a los lectores reflexionando sobre sí mismo. En una escena crucial de El complot mongol Bernal describe un pensamiento de García:
“¡Pinche Coronel! No quiere muertes. Pero bien que me manda llamar a mí. Para eso me mandan llamar siempre, porque quieren muertos, pero también quieren tener las manos muy limpiecitas. Porque eso de los muertos se acabó con la bola y ahora todo se hace con la ley. Pero a veces la ley como que no alcanza y entonces me mandan llamar. Antes era más fácil. Quiébrense a ese desgraciado. Con eso bastaba y estaba clarito, muy clarito. Pero ahora somos muy evolucionados, de a mucha instrucción. Ahora no queremos muertos o, por lo menos, no queremos dar la orden de que los maten. Nomás como que sueltan la cosa, para no cargar con la culpa. Porque ahora andamos de mucha conciencia. ¡Pinche conciencia! Ahora como que todos son hombres limpios, hasta que tienen que mandar llamar a los hombres nada más para que les hagan el trabajito. “
Objeto de adaptaciones a diversos lenguajes como cine, radio e historieta, El complot mongol no ha dejado de reeditarse. Se volvió poco a poco una “novela de culto”, con todo el aislamiento y la poca difusión que esta expresión indica. Después comenzó a colocarse al lado de otras novelas mexicanas de corte policiaco o detectivesco como “Ensayo de un crimen” de Rodolfo Usigli y “Dos Crímenes” de Jorge Ibargüengoitia.
Sin embargo Rafael Bernal logró con El complot mongol, lo que no ha tenido ninguna otra: un héroe que no es detective, ni policía, sino pistolero profesional. Y que tampoco es joven, mucho menos guapo, pero que se enamora.
La vida de Rafael Bernal más allá de El complot mongol tampoco desmerece. Fue variada intensa y alucinante. Sus temas favoritos la narración policiaca, el cristianismo, la selva como un espacio corruptor, el mar con sus habitantes y el fracaso de la Revolución hecha gobierno, como dicen todos sus críticos.
Fue el encargado de escribir, desde París, en la década de los cuarenta, reportajes de la Segunda Guerra Mundial.
Después, afincado en Hollywood, escribió guiones para el cine y luego, durante tres largos y definitivos años, vivió en la costa de Chiapas. De aquella estancia surgirían títulos como “Trópico”, de 1946, “Su nombre era Muerte”, de 1947 y “Caribal. El infierno verde”, publicado en el periódico La Prensa en entregas semanales. A mediados de la década de los cincuenta, en 1956, fue gerente de producción de Televisión Venezolana y en 1959 ingresó al Servicio Exterior Mexicano. El primer encargo lo llevó a Tegucigalpa, Honduras; el segundo a convertirse en Secretario de la Embajada de México en Filipinas y el tercero, en 1965, lo ubicó en Lima, Perú. Finalmente, fue trasladado a Berna, Suiza, donde sería nombrado Ministro justo en 1969, el año en el que salió publicado El complot mongol. Allí, tres años después, fallecería y se quedarían sus restos.
Sobre la muerte y su cercanía, Bernal, escribió mucho. Y estuvo acompañado largo tiempo por quizá la más tremenda de las muertes: la del olvido. Pero ha llegado el momento. Que se cumplan sus memorias y homenajes. Para Rafael Bernal es tiempo de desagravio, relectura y una fiesta centenaria.









