Cecilia Kühne Peimbert
El 12 de noviembre de 1651 nació en San Miguel de Nepantla, hoy Estado de México, Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, escritora, poetisa, filósofa y mujer de grandes conocimientos y sabiduría. Religiosa primero de la orden de las Carmelitas Descalzas, profesó después en el convento de San Jerónimo donde se dedicó al estudio y la escritura. Su primer libro, editado en España, tenía el siguiente, y no muy breve, título: Inundación Castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz que en varios metros, idiomas, y estilos, fertiliza varios asuntos; con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos para enseñanza, recreo, y admiración. En México, desde hace 34 años, la fecha del nacimiento de Sor Juana se recuerda con una festividad muy apropiada: el Día Nacional del Libro.
Muchos volúmenes se han publicado y otros tantos estudiosos han tenido como tema la vida de Sor Juana Inés de la Cruz: Amado Nervo, Ermilo Abreu Gómez, Antonio Alatorre, Octavio Paz y Margo Glantz, en la época moderna, pero también Diego Calleja, uno de sus primeros biógrafos, contemporáneo de la Décima Musa. Su libro comienza así:
“Cuarenta y cuatro años, cinco meses, cinco días y cinco horas ilustró su duración al tiempo la vida de esta rara mujer, que nació en el mundo a justificar a la naturaleza las vanidades de prodigiosa” La leyenda mítica de la monja jerónima en su versión impresa comienza en ese mismo momento. Fue la propia Juana la que le contó a Calleja, a través de una profusa relación epistolar, los datos que el jesuita necesitaba saber. Pero nosotros ahora sabemos –tengo a Antonio Alatorre de testigo -que Sor Juana se quitó tres años, que en realidad nació el 12 de noviembre de 1648 (y no en 1651) en un día que, por cierto no fue viernes, sino jueves (pero a las once de la noche, o sea ya casi viernes) y, como murió el 17 de abril de 1695, a las cuatro de la mañana resulta que vivió cuarenta seis años, cinco meses, cuatro días y cinco horas. Lo anterior sólo para constatar que en cuanto a Sor Juana todo puede resultar polémico y que en realidad, como a toda mujer, no le hacia ninguna gracia cumplir años.

Calleja, su biógrafo, en un tono encantador, describe también el pueblo de San Miguel Nepantla, lugar del nacimiento de Sor Juana. Aprovecha para elogiarla y atribuirle una vocación que entrelaza la casualidad con el destino pues desde el principio, parece estar convencido que la vida de la jerónima era un ininterrumpido ascenso hacia la santidad. Calleja escribe: “Tiene su asiento a la falda de dos montes una bien capaz Alquería, muy conocida con el título de San Miguel Nepantla que, confinante a los excesos de calores y fríos a fuerza de primavera, hubo de ser patria de esta Maravilla. Nació en un aposento que dentro de la misma Alquería llaman la Celda, casualidad que con el primer aliento la enamoró de la vida monástica y le enseñó que eso era vivir: respirar aires de clausura”.
Ahí empezó también la retahíla de opiniones y versiones sobre lo que en realidad era Juana de Asbaje. Calleja no dice nada de sus padres. No menciona que, como se decía entonces, era “hija de la Iglesia” por no decir bastarda, ni tampoco habla de su infancia o su decisión de no dedicarse a nada más que a aprender.

Octavio Paz, el mejor de sus opinadores, sí que supo y escribió mucho de Juana. En el magnífico libro Las trampas de la fé dice: “El mundo de los libros es un mundo de elegidos en el que los obstáculos materiales y las contingencias cotidianas se adelgazan hasta evaporarse casi del todo. La verdadera realidad son las ideas y las palabras que las significan: la realidad es el lenguaje.” Y Juana Inés habitó la casa del lenguaje.
Quizá lo único claro que hay que decir sobre ella es que su vocación para escribir y su terquedad para adquirir sabiduría no menguaron con el tiempo ni ante ninguna circunstancia adversa. Ni críticas o elogios le importaron, o le hicieron cejar de sus intentos. Sor Juana no lo dijo pero a la presión repuso lo que luego, en maravilloso poema, escribió:
En perseguirme, mundo ¿qué interesas?
¿en qué te ofendo, cuando solo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Y se refería, por supuesto, a la belleza de leer, entender y usar la pluma.







