Fuente: www.gramophone.co.uk
Gramophone Lunes 23 de enero de 2017.
El legendario pianista habla con Alan Blyth (Gramophone, noviembre de 1968).
Sintiéndose relajado después de una comida en Scott’s, su restaurante favorito en Londres durante 40 años, y fumando su marca favorita de habanos cubanos (“prohibidos en Estados Unidos, por supuesto”), Arthur Rubinstein charló durante una hora y media conmigo, en una irresistible mezcla de recuerdos y diversión. A los 81 años – y con el brillo en sus ojos y dedos totalmente intacto – es como un fenómeno. Sin embargo, no hace ningún esfuerzo en particular para mantenerse joven. Duerme muy poco, come lo que le gusta, toma tres tazas de café antes de irse a dormir y puede viajar más lejos y por períodos más largos que su esposa, mas joven que él. “Nunca tomo siestas, nunca voy a un spa, fumo puros grandes, de hecho, hago todas las cosas que siempre hice, incluso voy a ver tres películas, una tras otra”.
Quizás la continua frescura de su interpretación puede explicarse en su propia estimación: “En esta hora tardía veo que mi papel es tratar de tocar un poco mejor lo que solía tocar un poco menos bien”. Y hoy se limita a aquellas obras en las que siente que tiene algo que ofrecer y que los intérpretes más jóvenes pueden no tener. No siempre fue así. “Solía ser lo que llamo un ‘músico de rodillas’. Tocaba cualquier cosa y de todo. Aprendí la Misa menor de Bach; todo lo de Wagner, la mayor parte del repertorio sinfónico y los acompañamientos, en arreglos para piano, de los conciertos para violín. Hice todo el repertorio de música de cámara, acompañando cantantes en Schubert, Wolf, Debussy, tocando para artistas como Maggie Teyte. Viví todo tipo de música y no tuve mucha paciencia con los virtuosos del piano que pasaban seis horas tocando Clementi y todo tipo de ejercicios difíciles diariamente para perfeccionar su técnica. Eran mártires, pensé. Me gustaba disfrutar de la vida, ver fotos, ir a obras de teatro, una vez pasé dos semanas en secreto yendo a las producciones de Stanislavsky en Moscú. Y mi forma de tocar era como la de un mal alumno: no le tenía el suficiente respeto”.
“Luego, en 1933, cuando tenía más de 40 años, me casé y mi esposa me convenció para que usara mi capital de talento. De repente descubrí que era correcto practicar, y creo que puedo decir que me convertí en un pianista decente. Pero, incluso a los 81, sigo pensando que hay mucho que mejorar y, por supuesto, quiero hacerlo, aunque le he dicho a mi familia que me dispare si continúo por demasiado tiempo. Es triste cuando la gente tiene que decir ‘lástima, pero debiste haberlo escuchado hace 20 años'”.
Joachim, quien junto con tres banqueros pagó por su educación musical, fue una de las principales influencias en sus primeros años. “Era genial para leer a primera vista y desde el principio solía acompañar a sus alumnos de violín en cualquier cosa y en todo”.
Los dos pianistas que más admiró en su juventud fueron Eugen D’Albert – “Me impresionaron mucho sus conciertos para Beethoven” – y un francés llamado Eduard Risler (quien, según Grove, tocó todas las sonatas de Beethoven en Londres en 1906). “Me impresionó el intelecto de Schnabel, pero adoré la forma de tocar de Risler. Cuando interpretaba a Beethoven, parecía su idioma. Tenía un sentimiento profundo e innato por la música; no había nada artificial ni tramposo en su forma de leer. Recuerdo que en una ocasión tocó el segundo movimiento de la Sonata menor de Schumann y al final todos estaban llorando. Me ennobleció, te hacía sentir como un oyente bueno y agradecido por presenciar un gran acontecimiento”.

La idea de que Rubinstein acaba de llegar a la música de cámara queda refutada por lo que me contó. “Siempre estuve sumido en la música de cámara. Antes de la Primera Guerra Mundial solía tocar sonatas con el maravilloso violinista polaco Paul Kochanski, y tríos con él y su hermano. Luego, durante esa guerra, a menudo tocaba con Ysaÿe, con Casals, con Thibaud, con Tertis. Eso fue en Londres, donde muchos artistas estaban exiliados. Solíamos tener sesiones desde medianoche hasta el amanecer, solo tocando para nuestro propio disfrute. Una vez recuerdo a alguien bromeando, preguntándole a Thibaud si tocaría la Chacona de Bach a las siete de la mañana. Sacó su violín y allí, en la puerta, mientras esperábamos un taxi, la tocó”.
“Por supuesto, a medida que tu éxito como solista crece, los managers y empresarios se vuelven reacios a dejarte tocar con otros. Pero logré tocar con el Cuarteto Pro Arte en la década de los treintas, y ahora puedo imponer mis propios planes y gustos. Además, el Guarneri es un ensamble maravillosamente fresco y poco rutinario”.
Su debut en Londres fue con Casals en el Queen’s Hall en 1910, cuando también dio tres recitales en el Wigmore Hall. Para entonces ya se había alejado de la imagen de niño prodigio. Pero fue su famosa serie de conciertos en España durante 1916 lo que considera, lo estableció más allá de toda duda, como pianista solista. “Me dijeron que yo era el único que realmente podía tocar música española. A partir de entonces, tuve que tocar tanto que me cansé de hacerlo. Recuerdo en una ocasión que una dama de la sociedad inglesa, de bastante más riqueza que inteligencia, me pedía que interpretara algo de ‘Ramon Navarro’: había mezclado un poco sus estrellas de cine y compositores”.
Quizás fueron las grabaciones más que cualquier otra cosa lo que estableció su verdadera fama en este país y por eso tenemos que agradecerle a Fred Gaisberg, pero antes de llegar a él, Rubinstein me contó sobre el primer intento de plasmarlo en un disco. “Durante mi primera gira en los Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial, me enamoré de la mezzo-soprano Gabriella Besanzoni, qué maravillosa Carmen era ella. Yo todavía no era muy popular en Estados Unidos -decían que tocaba demasiadas notas equivocadas-, pero ella si lo era, y la Victor intentó sobornarme para que la consiguiera para ellos. Yo era como su agente no pagado, en el entendido de que ‘podríamos tener un espacio para ti’. No me interesaba, ya que las grabaciones pre-eléctricas hacían que el piano sonara como un banjo”.
“Entonces, un día, poco después de la llegada de la grabación eléctrica, Fred Gaisberg me llevó a almorzar a Hayes. Después de la comida, me pidió que me sentara y tocara lo que quisiera. Elegí la Barcarola de Chopin que, sin saberlo, Gaisberg grabó. Cuando escuché la prueba, me enamoré de ella y ese disco fue mi primero en ser publicado. He grabado la pieza cuatro o cinco veces desde entonces, pero creo que nunca lo he hecho tan bien. Entonces, por supuesto que lo seguimos haciendo. Supongo que mis grabaciones del Concierto de Tchaikovsky en Si bemol menor con la Orquesta Sinfónica de Londres y Barbirolli, más que otra cosa, me llevaron a definirme como un pianista serio en Estados Unidos a fines de los años treinta. Ahora supongo que estoy bastante bien establecido -dice con una pequeña sonrisa- como artista de grabación. Hace dos años fui el clásico mas vendido en América junto con la Orquesta de Filadelfia. Me alegro que se hayan cambiado a RCA para que podamos reunirnos por fin. De hecho, pronto grabaremos el Concierto en Fa menor de Chopin, espero, y su Fantasía sobre temas polacos”.

¿Tiene un disco favorito? “En realidad, el último que he hecho. Nunca estoy satisfecho con los mas viejos, siempre sueño con hacerlos mejor de nuevo. De la misma manera, cada concierto es solo una lección para el siguiente. Pero me encanta hacer discos. Siempre me sorprendo aterrorizado cuando escucho la primera toma, pero en unos minutos me doy cuenta donde está mal el tempo, donde estoy tocando demasiado fuerte o demasiado sentimental para poder hacerlo bien la próxima vez. A veces no logro alcanzar lo que quiero. Hice cintas de las últimas sonatas de Schubert y de la fantasía de Schumann. Están como dicen, enlatadas, porque me parecen artificiales y forzadas; el espíritu correcto no está allí. Luego hice los tres cuartetos de Brahms con los Guarneri y creo que fueron exitosos”.
Rubinstein odia comparar trabajos en cuanto a su respectiva calidad. “Creo que son diferentes, no menores, más profundos o más largos. No se puede decir si Rembrandt o Tiziano son los mejores pintores. De la misma manera cuando toco una Rapsodia de Liszt o el Cuarteto de Faure, en ese momento es el único tipo de música y no estoy pensando en Beethoven o Brahms. Estoy completamente involucrado en el trabajo en cuestión y en ese momento nada más importa. De la misma manera, cuando como un Crêpe Suzette, no estoy pensando en el filete Béarnaise que comí antes”.
La analogía de la buena comida es típica de este cosmopolita urbano, muy ilustrado. Habla ocho idiomas, “pero daría siete de ellos si pudiera realmente dominar uno. Hablé dos idiomas cuando era niño. Hablamos polaco en casa, pero como Polonia fue subyugada por los zares y nos trataron como inferiores, el ruso era el idioma oficial en mis escuelas. Cuando fui a estudiar a Berlín aprendí alemán rápidamente. Como ya conocía el Yiddish en casa, lo entendí rápidamente. Joachim me convenció para que tomara clases de francés e inglés para cuando finalmente fuera a París y Londres, y pronto conocí estos idiomas razonablemente bien. Creo que los artistas rusos que vienen a Occidente hoy en día están muy impedidos por no poder hablar otros idiomas”.
No tiene muchos consejos en general para intérpretes jóvenes. Aborrece todos los métodos, “todos somos muy diferentes”, y considera esencial que los profesores comprendan la psicología de sus alumnos para que identifiquen lo que pueden y lo que no pueden lograr. “Todos somos tan diferentes y lo que uno puede hacer, otro no puede. Ya no toco Bartók o Prokofiev porque pueden ser tocados igual de bien por pianistas jóvenes. En estos días solo me interesa tocar música donde puedo ofrecer algo propio que quizás otros no tienen”.
Traducido del Inglés.










