La pigmentocracia en América Latina y nuestra constante aspiración a la blanquitud

Por Diana García Ángeles
Abogada y maestra en Derecho Constitucional
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(El siguiente, es un artículo de opinión ciudadana. Las afirmaciones vertidas son responsabilidad de quien las emite y no expresan necesariamente la postura del IMER)
El 29 de marzo de 2025 en Italia se aprobó un Decreto-ley que implementa una serie de cambios relacionados con quién puede obtener la nacionalidad italiana. De acuerdo con las reformas, ahora sólo las personas ítalo-descendientes que tengan al menos a un padre, madre, abuela o abuelo nacido en Italia podrán optar por la ciudadanía italiana. Estos cambios implican una importante restricción, pues antes la obtención de la ciudadanía no estaba condicionada sólo por dos generaciones.
Lamentablemente, esta noticia dejó ver el nivel de racismo de muchos argentinos, pues ellos son los más afectados por estas nuevas restricciones. En redes sociales leí muchos comentarios sobre la indignación de que hijos de migrantes africanos o de Medio Oriente nacidos en Italia fueran considerados italianos, pero que ahora muchos argentinos ya no podrían ser considerados italianos. Estos posts estaban infestados de racismo y, sobre todo, de la idea de que los argentinos blancos tienen más derecho a ser considerados italianos que personas racializadas que incluso nacieron en Italia.
Más allá del enojo que sentí al leer todas estas publicaciones y ver el gran apoyo que tenían, decidí reflexionar más a fondo de dónde viene todo este racismo. Es imposible analizar la discriminación racial en América Latina sin antes reconocer que la colonización dejó estragos de gran magnitud en el sistema social, económico, político y cultural de hoy en día. Desafortunadamente, en Latinoamérica siempre hemos convivido con la idea de aspirar a la blanquitud, que lo europeo es lo deseable y lo indígena, racializado o afrodescendiente es indeseable. Así, no es una sorpresa que la frase “hay que mejorar la raza” sea tan famosa en diversos países. Esto sólo demuestra que hemos normalizado la idea de que entre más blanca o europea sea tu apariencia, mejor.
Sin embargo, ¿realmente las personas blancas en América Latina tienen mejores oportunidades? ¿vivimos en un sistema de jerarquía racial que obstaculiza el acceso a derechos de las personas racializadas? Para contestar estas preguntas, decidí leer en mi fin de semana el artículo “Racial inequality in Latin America”, el cual analiza la desigualdad socioeconómica en relación con el origen étnico y racial.
El estudio analiza la desigualdad en el acceso a la educación, en los ingresos y en la tasa de ocupación. Por desgracia, en la mayoría de los países, las poblaciones afrodescendientes y las comunidades indígenas son quienes se encuentran en las posiciones más bajas. Por ejemplo, en 8 de 17 países con presencia significativa de personas afrodescendientes, la población afrodescendiente es la que menos tiene acceso a la educación. En países como Honduras, El Salvador, Nicaragua y Paraguay, la media de años de escolaridad para la población afro es de menor a 7 años. Además, en 9 de 17 países, las personas indígenas conforman el grupo con menor acceso a la educación.
Además, es importante mencionar que el estudio no sólo analiza la desigualdad en relación con la pertenencia a una comunidad indígena o afrodescendiente, también estudia la desigualdad con base en el tono de piel. Así, las personas morenas o racializadas que no se identifican como personas indígenas o afrodescendientes también enfrentan mayores obstáculos en el ejercicio de sus derechos. Por ejemplo, las personas con tono de piel más claro suelen tener mayores ingresos per cápita en los hogares.
Del mismo modo, por regla general, las comunidades indígenas y afrodescendientes tienen tasas menores de ocupación en comparación con la población blanca y mestiza. Además, me gustaría resaltar que el artículo demuestra que, a pesar de que la mayoría de los estudios relacionan esta situación de desigualdad socioeconómica con la variable de clase, el origen étnico-racial y el tono de piel son variables fundamentales en el estudio de la estratificación social en América Latina. Es decir, no todo puede ser explicado únicamente a partir de la clase social.
Después de todos estos datos, no me sorprende por qué en Latinoamérica aspiramos siempre a la blanquitud y despreciamos la racialización. Pareciera ser que hemos interiorizado que “blanquearnos” es la solución a los problemas de desigualdad. Sin embargo, la realidad debería ser diferente, los gobiernos tienen la obligación de adoptar políticas de igualdad racial que permitan que aquellas personas históricamente discriminadas tengan facilidades para acceder a sus derechos. Además, como ciudadanía, nos toca deconstruir nuestro racismo interiorizado y sobre todo, enfrentar los discursos racistas. Es inaceptable que en la lucha por la justicia racial haya retrocesos.
@cotidiana19